19 Octubre 2012

De Letras y futbol...

Escrito por Victor Flores
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ÉL...

 

...Cuando la razón retornó con la mañana, cuando hube disipado en el sueño los vapores de la orgía nocturna, sentí que el horror se mezclaba con el remordimiento ante el crimen cometido; pero mi sentimiento era débil y ambiguo, no...

Edgar Allan Poe

Por Arturo de Carreón

Una esfera de fuego cayó en el cielo, los ángeles la acogieron y sucumbieron…

La pelota rodó bajo mis pies. La tomé y la estrujé junto a mi alma. Lloré… Ese viejo balón era mi conexión con ÉL. Y venía a mí. Sus pequeñas manos -tan frías- tocaban mi rostro y se deslizaba la bola hasta ese pasillo, que tanto me desconcertaba. Y moría…

Mi semblante había cambiado tanto. Mi vida estaba dando giros en una línea sin fin... Y de nuevo, llegaba esa esfera  que me descifraba un mundo litúrgico, que cruzaba de la mano con ÉL. Ese pequeño -cuyo nombre desconocía-  -¿Quién era? ¿Por qué me visitaba? ¿En verdad mi cuerpo experimentaba tales sensaciones a través de una luz tan cegadora que electrificaba mi cuerpo?

Y cuando accedía a través de esa puerta, me conducía a otro universo como una litografía de episodios de historias perdidas, de cuentos sublimes y extraños, cuando rodaba y oscilaba entre sus verticales. 

Recibí esa pelota de regalo en el invierno del 87. Un último recuerdo de la ruptura entre mi adolescencia e infancia. Entre los recuerdos de alcoba. La rodé entre los pasillos de mi casa, junto con los recuerdos de un pasado tan lejano, que dejé de ver y frecuentar. Pero esa pelota tenía una historia. Cuando la pateaba por la sala, una voz irrumpía desafiante –Patéala contra los muros… Y así lo hacía… La pateaba tan duro que rompía y  asesinaba. El psicópata salía y aniquilaba. ÉL mi testigo firme…

Al despertar, ÉL soltaba mi mano, y yo, volvía a mirar hacia ese corredor tan aterrador. 

Él y un balón, mi enlace entre dos mundos como una marcha que se torna de luces gloriosas que me colapsan a los burdos andares de mi vida. –Patéame. -Me estremecía- Patee el balón y Él se presentó: un pequeño niño. El esférico ya hace aquí tocando mis pies, diciendo –Patea más fuerte. Asesino entre los asesinos… Tomé el revólver y me deshice de ese círculo y terminó todo. ÉL jamás volvió. Extrañaré su mirada y su rostro desgarrado. ¿Por qué se marchó?

A partir de ahí, jamás volví a cruzar aquel espectro luminoso. Estaré condenado a una realidad que me hiere tanto, donde me siento enfermo de vivir. 

Al final de este día, cruzaré por ese andador que me aterra, repleto de ángeles y rodaré en el piso, como mi viejo balón…

 

 

 

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