Libros
13 Diciembre 2012

Ida y Vuelta

Escrito por Victor Flores
Visto: 2239

Foto Cortesía Editoria Planeta

 

Reseña del libro correspondencia entre el escritor mexicano Juan Villoro y el narrador argentino Martín Caparrós

Igual que en cada carta escrita a  la distancia, frente a frente Juan Villoro y Martín Caparrós  son provocadores cuando se trata de hablar de futbol.

Las frases incisivas y juguetonas tienen el mismo sentido en la plática que en la escritura “Pase a Caparrós”, dice Juan; “Devolución a Villoro” dice Martín; “Pase a Caparrós”, insiste el mexicano; “Lateral a Villoro” o “Penal a Villoro” o “Toquecito a Villoro”, dice el argentino. Miran, escriben y hablan de futbol sin culpa, sabiendo que hoy en día no es un desprestigio que dos escritores sean apasionados hinchas futboleros.

Son dos muchachones grandotes que se engolosinan cuando hablan de futbol, goles, contragolpes, jugadas, jugadores, festejos, porras y árbitros; no paran de conversar, de contarse “chismes”, de recordar anécdotas y hechos futboleros como los que abundan en Ida y vuelta (Seix Barral), el libro que reúne la correspondencia que los dos escritores sostuvieron durante un mes y medio, narrando a través de cartas que el otro respondía, la crónica del día a día en el Copa Mundial de Futbol, Sudáfrica 2010 para un blog en dos revistas: Soho y Letras Libres.

La correspondencia entre el escritor mexicano Juan Villoro y el narrador argentino Martín Caparrós se ha intensificado y va más allá del perímetro de una cancha de futbol y de esa “salvajería feliz” que siempre sostienen sobre el pasto los 22 semi dioses del Olimpo. Juntos son dinamita pura, enciclopedia futbolera, uno lanza la consabida: “te acuerdas de aquel delantero italiano...”, cuando el otro arroja a la cancha el nombre del susodicho.

A todo esto ¿que representa el futbol para este par de hinchas? Para el mexicano que es fiel seguidor -en las buenas y en las malas (que cada vez son más)- de los Rayos del Necaxa y autor del libro futbolero Dios es redondo, el futbol es...

“Un juego que nos permite reinventar la realidad durante 90 minutos y sumirnos en un mundo alterno donde las reglas habituales no existen, donde estamos autorizados a abrazar al desconocido que está al lado cuando mete un gol nuestro equipo, donde estamos autorizados a insultar por cariño a nuestros propios jugadores cuando fallan una jugada o incluso elogiarlos de manera totalmente inopinada, pintarnos la cara, a tomar las cervezas que otro desconocido nos hace llegar, en fin, nos hace sentir que somos otras personas, esta oportunidad de salir de sí mismo es esencial y es quizá la terapia más eficaz que yo conozco”.

Allí es cuando, el argentino que se ha manifestado un hincha supremo del Boca Juniors y ha plasmado sus reflexiones y apasionamientos en su libro Boquita, arremete y se le empareja para contarle en un “tirito” que él tiene una platea en la cancha del Boca para él y su hijo Juan, donde desde hace 10 años convive con un grupo de gente que conoce y con los que festeja, pero al menos de tres no sabe su nombre pero ha habido momentos de intensidad emocional extrema donde se abrazan sin más.

Para el narrador y cronista argentino, el mundo no se puede entender desde la cancha de futbol ni el juego mismo “probablemente no, porque no hay ningún modo de contener el mundo, pero sí ofrece la posibilidad, si acaso, de imaginar el mundo y te da una amplia gama de detalles y opciones para echar a volar la imaginación”.

Es allí cuando revira y hace un giro de fantasía, entonces habla de algo que lo intriga: los festejos de gol. “Últimamente me tiene muy intrigado ese momento extremo de que alguien se saca la camiseta.

Lo hizo ayer el que anotó el segundo gol de Tijuana, era el gol decisivo; es la vieja función sacrificial de la fiesta, ‘aquí me quito todo’, es la fiesta como forma del despilfarro extremo porque es un símbolo innecesario que no sirve para nada y sin embargo sabes que te acarrea un castigo importante, te van a dar tarjeta amarilla, me gusta porque lo hacen cuando el festejo habitual ya no es suficiente y hay que entregar algo a cambio: ‘me saco la camiseta y aceptó el castigo’”.

Segundo tiempo

Justo allí, Martín Caparrós pasa el balón a Juan Villoro, al narrador y cronista mexicano que arremete con gusto y cuenta que un par de intelectuales o escritores que hablan de futbol ya no representa un desprestigio, pues antes hubo otros que les allanaron el camino. Ahí estuvieron Eduardo Galeano en Uruguay, Manuel Vázquez Montalbán en España, y Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa en Argentina. “Era un grupo que ya escribía del tema y nos autorizó a nosotros a hablar del tema sin que esto fuera un desprestigio total, lo cierto es que durante mucho tiempo fue tabú entre los intelectuales y escritores y el futbol”.

Pero aún así, a Caparrós le tocó dar sus argumentos a sus compañeros franceses de izquierda en 1978 para ver la final de ese mundial en donde se jugó la gloria Argentina. “La noche anterior a la final les dije que quería ver el partido, les daba explicaciones sociológicas y políticas, ellos iban destruyendo uno tras otro mis argumentos que eran muy pobres y al final les dije que desde los cuatro años me habían entrenado para ver que Argentina se convertía en campeón del mundo ‘si hay unos militares de por medio que mal’. No sólo era que no entendían que yo quería que Argentina fuera campeón, sino que no entendían que el futbol me importara”.

Pocos años después eso se fue limando, se fue cayendo la idea de que el futbol era el opio de los pueblos. Entonces Villoro toma el pase y agrega: “También la idea general de cultura popular cambió, en el libro hay un momento en que Martín me habla de Carlos Monsiváis por que durante el mundial muere Monsiváis y hablo de él; él fue una de las pocas personas que unió la cultura popular con la llamada alta cultura. Además tenía la ventaja de no saber nada de futbol, dejó un hueco dentro de la enciclopedia de cultura popular por el que nos podemos colar otros cronistas”.

Ambos escritores saben que el futbol tiene algo de espejo acrecentado de la realidad. Villoro birla a su oponente y dice que “las cosas que pasan en el mundo político, social, económico ahí se reflejan” y entonces recuerda los momentos de reivindicación en las calles que vivieron los mexicanos durante el Mundial de 1986, al año siguiente del terremoto.

Caparrós toma el balón y apunta sobre el arte futbolero: “Yo suelo decir que es el espacio de la salvajería feliz, el momento en que una especie de nacionalista recalcitrante que tiene la mirada muy quisquillosa, que pierde demasiado tiempo y esfuerzo en tratar de entender todo lo que percibe; el tiempo en que ese fulano insoportable se deja ir y se apasiona por algo que en última instancia es una soberana tontería; pero poder excitarse tanto con algo que ni siquiera lo merece me hace muy salvajemente feliz”.

Tiempo de compensación

Ida y vuelta, el libro que puso en comunicación constante a Martín Caparrós y a Juan Villoro, uno recorriendo el mundo no sólo para hablar de futbol sino para hacer reportajes para Naciones Unidas; y el otro viendo los partidos desde el sillón de su casa en México, es también un compendio de emociones que parecían fugases y se volvieron literatura.

“De eso hablamos en el libro, de la manera de celebrar los goles, de cosas extravagantes como el Jabulani, que era un balón extra ligero que implicaba nuevos retos a los porteros, de las famosas vuvuzelas que no conocíamos, de la situación mítica de Maradona, el mejor jugador de todos los tiempos que tenía la oportunidad de dirigir el equipo argentino y ver el ascenso de su heredero Messi”, dice Villoro y se acomoda un auto pase.

Dice que el futbol tiene un sistema de jurisprudencia endeble. 22 juegan a ser semi dioses y uno –el árbitro- juega a ser hombre. “Al hombre no le queda más remedio que silbar la justicia con su precario entendimiento y esto perjudica a unos y favorece a otros, pero siempre se convierte en un imponderable. Por eso creo que el futbol es el deporte más visto en el mundo porque es el que más se parece a la vida con sus justicias y sus recompensas merecidas”.

Es cuando en el área chica aparece Caparrós, el argentino que como Juan Villoro recibió el Premio Internacional de Periodismo Rey de España por una de sus crónicas. Él confirma que todo futbolero lleva un árbitro dentro y también un futbolista. “Mi fubolista era tan malo que le pedí que se fuera, pero un entrenador sin duda y es muy frustrante ver que hay otro más imbécil que toma las decisiones y uno las podría tomar mejor”. Villoro recuerda su paso por el futbol, llegó a las fuerzas básicas de los Pumas, allí descubrió que tenía una pierna mala y la otra también.

Villoro y Caparrós siguen la plática y la correspondencia aunque ahora no lo hacen a través de un blog, sino mediante sus cuentas de Twitter, se comparten y se divierten, de verdad que no se cansan de hablar, mientras esperan estar en Brasil en 2014.

Autores:

Martín Caparrós

Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1957. Se licenció en Historia en París, vivió en Madrid y Nueva York, dirigió revistas de libros y revistas de cocina, hizo radio y televisión, recorrió medio mundo, tradujo a Voltaire y a Shakespeare, recibió el premio Planeta, el premio Rey de España, la beca Guggenheim, plantó un limonero, tiene un hijo y ha publicado unos 20 libros. Entre ellos hay crónicas como Larga distancia, Dios mío, La Voluntad, La guerra moderna, Amor y anarquía, El Interior, Una luna y Contra el cambio; y novelas, traducidas a una docena de idiomas, como Ansay o los infortunios de la gloria, No velas a tus muertos, La noche anterior, El tercer cuerpo, La Historia, Un día en la vida de Dios, Valfierno y A quien corresponda.

Juan Antonio Villoro Ruiz

Juan Villoro, (México, D.F., 1956), novelista, cuantista, ensayista y autor de libros para niños, ha ejercido la crónica en los proncipales medios del idioma y en 1995 reunió algunos de estos textos en Las once de la tribu.

Obtuvo el Premio Villaurrutia por su libro de cuentos La casa pierde, el Permio Mazatlán por los ensayos de Efectos personales y el Premio Herralde por la novela El testigo.

Ha sido profesor de literatura en la UNAM, Yale y la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Durante tres años dirigió el suplemento cultural del periódico La Jornada. Escribe regularmente en el Reforma. Joaquín Mortiz publicó sus primeros libros, La noche navegable y Albercas, hace 25 y 20 años, respectivamente, y en 2005 Safari accidental, su más reciente libro de crónicas.

Funerales preventivos (Joaquín Mortiz, 2006) reúne sus fábulas políticas y las caricaturas de Rogelio Naranjo.

Fuente: Sinembargo.com.mx; El Universal; Editorial Planeta