14 Junio 2013

El partido del siglo

Escrito por Victor Flores
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Foto Especial

Por Miguel Ángel Maldonado Davis

Durante toda mi infancia había escuchado sobre un tal Franz Beckenbauer que jugó gran parte con la clavícula rota de aquella semifinal del mundial de futbol de 1970, partido disputado en el Estadio Azteca de la capital de nuestro país y al que se le había llamado, por su emoción, dramatismo y alto nivel de juego, “El Partido del Siglo”.

Las miles de veces que mi padre me había contado de aquel partidazo, nunca me tomé la molestia de buscar algún video o película a cerca de este legendario encuentro, aunque hay que resaltar el hecho de que en esa época no tenía al alcance, o más bien, no existía todavía el YouTube para poder contemplarlo.

Fue el 21 de junio del 2009 la última vez que una televisora nacional retransmitió este partido y la primera vez que yo lo vi, desde ese día, día del padre, jamás lo he vuelto a ver hasta la fecha...

Era mi primer año que festejaba el día del padre, había ido aquel domingo, como era mi costumbre, a jugar al deportivo Los Galeana con el Atlético Tapatío. Al término de mi partido me había quedado, como también era mi costumbre, a tomar algunas cervezas con mi buen amigo Don Raúl Gil.

Estaba en la tomadera y pasadas las once de la mañana mi teléfono celular sonó; eran mis padres que me llamaban desde Chetumal, Quintana Roo, lugar donde hacía ya un par de años que se habían mudado.

La llamada fue para saber como se encontraba mi hija Luna, mi esposa, y cómo me estaba yendo en mi vida de casado, primero saludé a mi madre, con quien platiqué un buen rato; intercambiamos palabras, sentimientos y después me comunicó con mi padre.

Para ese momento yo había decidido suspender la convivencia con los amigos del equipo y emprendía el camino a casa, para reunirme con mi familia y pasar mi primer día de festejado por ser papá.

Durante el extenso trayecto del deportivo a la que era mi casa en ese entonces tuve con mi padre una charla de las que hacía muchos años no tenía; platicamos de las cosas que el hacía en Chetumal, me contó de su trabajo como chofer en el DIF municipal, el cuál le tenía inmensamente contento por los trabajos humanitarios que realizaba.

Platicamos también de las cosas que yo hacía, de mi trabajo, de las ofertas que tenía por jugar futbol en otras partes, en otros equipos y de las oportunidades laborales que se me abrirían gracias al talento que tenía en ese entonces para practicar este deporte.

Me dio consejos y me regañó también por cuestiones económicas que no le había contado, precisamente para no preocuparlo.

Habíamos platicado como dos amigos, como los amigos que hacía tiempo habíamos parecido dejar de serlo, por orgullo, por corajes, por errores de ambos que en ese momento habían quedado en el olvido.

Era una plática que había hecho el mejor día del padre que pudiera tener, el rencuentro amistoso con la persona que durante toda mi vida ha sido mi ejemplo a seguir, mi héroe, mi maestro, mi padre.

A la mitad de mi trayecto al hogar, ya en el tema que nos apasionaba de igual manera, me dijo que en cierto canal de televisión estaban retransmitiendo la semifinal del mundial de 1970, Alemania contra Italia, me narró las acciones mientras yo en la mente plasmaba las jugadas que mi viejo me iba contando.

Que si Gerd Müller había hecho una gran jugada, que si Beckenbauer estaba haciendo un partido heroico al jugar lesionado, que si Italia metía gol, que si los alemanes empataban, en fin, todo el dramatismo que le ponía mi padre a su narración logró que en un santiamén llegara a mi casa y lo primero que hiciera, después de saludar a mi esposa e hija, fuera sintonizar el partido.

Habían pasado cerca de 30 minutos de plática y yo, acostado en mi cama, observaba el partido y lo comentaba con mi padre con el teléfono en el oído.

Poco tiempo después de que el arbitro silbara el final y que Italia dejara atrás a los alemanes para colarse a la final de la máxima justa futbolera, mi padre y yo nos despedimos, reiterándome el amor que por mi sentía y yo, motivado por el sentimiento, le pedí perdón por todos mis errores que había cometido a lo largo de mi vida, por no haber sido, así lo sentí, el hijo que merecía un padre tan bueno como el y le dije lo mucho que lo amo.

El transcurso del día, después de esa llamada, pasó con enorme felicidad a lado de mi hija, de mi esposa, en general fue un primer día del padre sin igual.

Dormimos temprano, pues al día siguiente, lunes, yo tenía que trabajar y no quería ir al trabajo desvelado o con resaca.

Mis sueños estaban llenos de tranquilidad, cobijados por la hermosa llamada que había recibido por la mañana. Entre los mismos sueños escuche un timbre, mi teléfono volvió a sonar. Alcancé a ver que pasaban de las dos de la mañana, aún dormitando vi que mi hermana Joana era quién llamaba.

-¿Si, que pasó?

-Mi papá.

-¿Mi papá qué?.

-Mi papá se fue, le dio un infarto hace un rato y murió.

Lo que pasó después no lo puedo describir porque no existen palabras para hacerlo, solo les puedo compartir que al escribir estas líneas mis ojos se inundan de lagrimas, del dolor de recordar ese hermoso y horrible día del padre, donde él y yo tuvimos la mejor plática que hacía mucho tiempo no teníamos y en la que al decirnos todas esas cosas, a miles de kilómetros de distancia, volvimos a estar juntos.

Ahora, en estas fechas se cumplen cuatro años de su partida y hasta este día recuerdo todas y cada una de las palabras que nos dijimos por teléfono, lo revivo y agradezco a dios la oportunidad que me dio de haber tenido por lo menos una hermosa despedida de mi más grande maestro, a quién día a día continúo extrañando y amando como si estuviera conmigo.

 
 

 

 

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