09 Abril 2013

Una pasión diferente

Foto Especial

Por Miguel Ángel Maldonado Davis

@pikismaldo

Todos los que jugamos y nos apasionamos por el futbol sabemos que siempre hay una o unas playeras que “sudamos” o defendemos con mayor intensidad, hay equipos por los cuales adquirimos un cariño especial, que se quedan tatuadas en el alma y que nunca se sacan de los recuerdos; los triunfos, las finales perdidas, absolutamente todo se siente y se vive de manera distinta... pero hay uniformes por los cuales se siente “una pasión diferente”.

Y me refiero a los representativos de las escuelas en las que formamos parte, al menos así lo considero al recordar los partidos en los que portaba el uniforme de mi colegio; por ejemplo, cuando cursaba la primaria en la Antonio I. Delgado Casarrubias, los torneos deportivos que se hacían en la zona significaban mucha emoción, desde esa etapa el hecho de formar parte de la selección tenía una sensación especial.

En esa fase jugábamos contra las escuelas que se encontraban en la misma o en colonias vecinas a San Juan de Aragón como la Obras del Valle de México, la Trinidad y Tobago, la Club de Leones, la Quintil Gómez, entre muchas más, esos torneos eran doblemente emocionantes porque en ellos me encontraba con mis amigos del barrio; claro, portando distintos uniformes.

Si en la primaria fueron muy pocos los torneos que jugamos, en la secundaria el número fue menor todavía, a tal grado que se me dificulta recordar algún partido disputado. Sin embargo hay un torneo que hasta la fecha es imposible de olvidar: la Copa Coca-Cola.

Tuve el honor de jugar en la primera edición, de 1998, que se llamó Copa Coca-Cola-Necaxa, ya estaba en el tercer grado de secundaria y a punto de partir a la educación media superior; la invitación me llegó por las cascaritas que se hacían en las horas libres o durante la clase de educación física. Recuerdo cuando aquella noche llegué a mi casa a presumirle a mi papá que me habían elegido para representar a mi escuela.

Del resultado de mi debut y despedida en este torneo mejor ni les platico, desgraciadamente perdimos la calificación a la siguiente ronda en penales (aunque puedo presumir que el mío lo anoté), ese fue el primer y único torneo organizado por la refresquera que pude disputar.

Ya en el plantel 9 del Colegio de Bachilleres fue otra historia, misma que cada que se me viene a la mente disfruto como si hubiese sido ayer y me lamento por los partidos perdidos, al interior lo gané todo; campeón del torneo de futbol soccer en varias ocasiones, campeón del torneo de futbol rápido y lo más importante, participé en cuatro torneos Interbachilleres representando a mi escuela, tres de ellos portando orgullosamente el gafete de capitán.

Y son precisamente estos cuatro torneos los que con mayor frecuencia recuerdo y los que más satisfacción y orgullo me han hecho sentir.

El primero lo jugué de manera “accidental”, se disputó en la Magdalena Mixuca, era emocionante desde el traslado de la escuela a la sede del torneo, íbamos en Metro con el riesgo de toparnos con los integrantes de la selección de alguna otra escuela en el camino y quienes cursamos el bachillerato sabemos que eso significaba enfrentamientos a golpes, no es necesario explicar las razones, aunque afortunadamente nunca pasó.

En aquel torneo llegamos difícilmente a cuartos de final, pero me quedaba con la satisfacción de haber participado y conocer a mucha gente del turno distinto al mío que se convirtieron a partir de esas fechas en mis amigos gracias a un uniforme.

A partir de esa experiencia esperaba que el año se fuera rápido y durante ese lapso yo seguía jugando en los torneos “locales”, muchos de los integrantes de aquella selección ya habían renunciado a los estudios y ya éramos pocos los que seguíamos en la escuela.

Pero la pasión, que es lo que les quiero ilustrar, es totalmente diferente, esa que se hace con la emoción y júbilo tanto de los propios jugadores como de los cientos de compañeros estudiantes que estaban pendientes de nuestras participaciones, del entusiasmo que nuestra porra mostraba en los partidos a los que acudían a vernos jugar, eso era lo realmente emocionante, escuchar los gritos de apoyo durante el partido, las alegrías de los triunfos y las lágrimas de la derrota, ellos lo sentían al igual que nosotros.

Durante mi último torneo, el más recordado hasta la fecha, experimenté con mayor intensidad ese sentimiento cuando nos enfrentamos en semifinal con el plantel 19 de Ecatepec; en un partido reñido, cerrado y muy ríspido pero deportivo totalmente, nuestros rivales nos descalificaron en la semifinal y a lo más que llegamos fue a ganar el tercer lugar de esa edición en la que posteriormente las autoridades del plantel me obsequiaron un trofeo en reconocimiento a mi destacada participación en mi selección, aunque eso no sanó el dolor de nuestra derrota.

Tuve la fortuna de ser parte de los representativos de las escuelas en las que cursé mis estudios, y a cada una de ellas entregué mi mayor esfuerzo y estoy seguro que, al igual que yo, la gran mayoría de ustedes amables lectores comparten la idea de que esos equipos fueron y serán a los que les entregamos todo nuestro esfuerzo, que en cada partido en el que portamos su uniforme nos entregamos ilimitadamente, es por ello que hoy escribo estas líneas para recordar que, además de ser equipos que nos servían de pretexto para no asistir a clases, también acudíamos con un enorme cariño por nuestros colores estudiantiles y defender a nuestro plantel, deportivamente hablando, contra las demás escuelas.

Necesitaría por lo menos un par de cuartillas más para describir cada una de las emociones que pasé en estas etapas de mi vida, y más como estudiante del Colegio de Bachilleres, de jugador y capitán de la selección, aunque me cuesta trabajo reducirlo a un solo texto, pero en éste dejo plasmado mi orgullo y satisfacción de haber representado a mis escuelas y de que con ellas supe lo que es una pasión diferente en el futbol.

 

 

 

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