La rosa del Tepeyac

Foto Especial 

 

Por Miguel Ángel Maldonado Davis 

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Durante mi infancia cada noviembre que estaba por iniciar significaba muchas cosas, la víspera del mes de las reuniones familiares, la recta final de un ciclo escolar y próximas vacaciones, pero lo más emocionante era que en este mes se llevaba a cabo un evento que desde que tengo uso de memoria esperaba con ansias.

Y es que es en noviembre cuando los mejores equipos del futbol amateur se disputan un trofeo en el deportivo Los Galeana de la delegación Gustavo A. Madero, la emoción era al doble cada que iniciaba el torneo de La Rosa del Tepeyac, la primera era porque en éste participaba mi padre, El Águila, ya sea en alguno de los equipos del Pueblo de San Juan de Aragón como el Cuauhtémoc, el Juventud Aragón u otro conjunto como el Aduana o el Hacienda.

La segunda razón para esperar durante todo el año el inicio de este torneo era por la incógnita de saber qué jugador ex profesional venía con alguno de los equipos que por tradición acostumbraban a “abrir la cartera” sin medirse para armar unos auténticos trabucos.

Entre los equipos que acostumbraban a darse ese “lujo” siempre estaban el Semilleros, el Unanue, Carrocerías Altamirano, Cruz Azul Molina, por mencionar algunos; en estos conjuntos los propietarios no decepcionaban a los aficionados que respondían con su asistencia a los campos de Los Galeana para llenar las tribunas.

Fue en ese torneo donde pude ver jugar en el llano a futbolistas de la talla de Juan Hernández, ese lateral derecho del América en la época de los 90 que desbordaba por la banda para mandar los centros al africano Francois Omam Biyik.

O a Leonel Bolzonello, el centro delantero originario de Brasil que jugaba en los Pumas de la UNAM, sus disparos desde media distancia casi siempre terminaban en el fondo de las redes, en fin, era un espectáculo.

Al ver a mi padre competir en ese tipo de partidos se convirtió en una de mis metas, desde niño siempre quise seguir sus pasos, jugar también los torneos en los que mi padre se ganó su fama y demostró su talento, la Rosa del Tepeyac era mi ilusión.

Con el paso de los años y al continuar jugando a un nivel “aceptable” logré llegar a jugar en equipos de buen nivel, los consejos de futbolistas como el que tenía en casa y con otros tantos con los que compartí uniforme me llevaron a alcanzar ese sueño.

Fue por ahí de 2007 cuando, por medio de mi padre, me invitaron a jugar en el Alemania, equipo que era propiedad de don Antonio Venegas y en el que jugaban otras grandes estrellas del llano con las que mejoré mi futbol gracias a sus regañadas.

En ese equipo se volvería realidad mi tan ansiado sueño, mi momento de disputar ese trofeo de plata en forma de una Rosa había llegado y las ansias por iniciar esta aventura eran indescriptibles.

Llegó el día, en el sorteo nos había tocado, como primer rival, al San Miguel, un equipo local que acostumbraba a armarse bien para este torneo y el cual pintaba difícil para nosotros, los nervios se apoderaron de mi cuerpo al escuchar que yo estaba en el once inicial, en el cual permanecí todo el partido y ver las tribunas repletas de gente, entre ellas a mi padre.

En un partido por demás difícil logramos vencer al San Miguel, el marcador no lo recuerdo, sólo se me viene a la mente la felicidad que tuve durante toda esa semana.

El torneo era en la primera fase a partidos disputados a knock out, el equipo vencedor avanzaba a la siguiente ronda y el perdedor se despedía de la justa, por lo que el Alemania continuaba en la lucha por el preciado trofeo.

Nuestro siguiente rival fue el Teotihuacán, un conjunto caracterizado por su garra y fuerza de sus jugadores, también les ganamos, aunque esta vez fue más complicado que el primer partido.

Llevábamos un paso perfecto, en ese mi primer torneo llegamos hasta la semifinal y yo titular en todos los juegos, en el partido previo a la gran final nos enfrentamos al Real Mixcoac, el cual desgraciadamente perdimos en penales, ahí concluía nuestra participación en el torneo pero me quedaba con el orgullo de haber participado y llegar tan lejos, aunque me quedaba la espina de no haber disputado por lo menos la final.

Después de ese jugué cuatro torneos más, uno nuevamente con el Alemania en el cual fuimos descalificados en el primer partido, otro más con el Juventud Aragón de la familia Salanueva y dos más con uno de mis equipos más queridos, el Atlético Tapatío de don Raúl Gil.

Cada uno de estos partidos jugados representaron para mí el estar a la altura de muchos jugadores que siempre había visto jugar desde la tribuna de algún campo, pero sobre todo cumplir uno de mis más ansiados sueños como futbolista, el jugar La Rosa del Tepeyac. 

 
 
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